Esa tarde conversamos de todo y aún nos faltó tiempo, hasta
que llegamos a nuestro destino, entonces Isabela se puso en pie, se acercó, me dio un beso en
la mejilla y pidió que le ceda un espacio para bajar, yo la miré sonriendo,
levanté mis brazos y me sostuve firmemente de la baranda
del asiento delantero y la miré.
-¡Tienes que pagar para pasar, sino te quedas aquí conmigo!-
le dije, mientras ella soltó su cartera, mirándome y frunciendo las cejas.
-¡Así!- me dijo- ¿ves estás manos?
- ¡Claro!- le dije- están muy bonitas.
- No sólo son bonitas- las miró, sonriendo- sino muy hábiles
para retirar bultos del camino.
-¿Qué intentas hacer?-le dije temeroso.
-¡Esto!-dijo, mientras tocaba suavemente mis costillas.
-¡No…Nooo!- grité-¡Cosquillas, no!
No aguanté y de un saltó,
salí del asiento
Isabela aprovechó mi descuido, salió corriendo y fui tras ella, bajó prontamente
las escalinatas del bus y se deslizó a través de un parque, lleno de árboles de
eucalipto, que eran alumbrados por un sol tenue de invierno, por momentos volteaba para ver si la seguía y
reía tanto que me provocó alcanzarla, estaba tan contenta que me contagió.
Supuse que algo había sucedido, ¿quizás había terminado su relación? o, él se
fue de viaje, ¿quién sabe?
Llegamos hasta un enramado alto de plantas y allí nos
detuvimos, ambos reíamos, la tenía sujeta de las manos, hasta que reparó y me
miró fijamente.
-¿Sabes que no podemos ser nada?- me dijo seriamente con los ojos enrojecidos- yo
tengo un novio y tú me imagino que también, aunque nunca me lo has contado.
La miré fijamente, deseaba abrazarla, besarla, pero un
sentimiento de culpa me invadió, cerré los ojos
y poco a poco solté sus manos.
-¿Lo ves?- dijo- Ambos estamos comprometidos
-¡Isabela, yo!- no pude decir más, bajé la cabeza, era
cierto lo que decía, aún no terminaba y me quedaban sólo unos días para
decidir.
-¡Quizás, nos queda ser buenos amigos! – me susurro al oído,
al verme afligido.
- Y qué le dirías a él, si ve que te tengo sujeta de las
manos como ahora- le dije, casi turbado.
-Nada- me susurró, algo perturbada- sólo que eres mi amigo y
se acabó, si quiere comprenderá, sino es su problema y sería el inicio de otra
pelea y después me rogaría que vuelva, como siempre. ¿Y tú qué harías?, si fuese lo contrario y
ella nos ve tomados de la mano.
-¡Lo mismo que tú!- le respondí, pero sabía que no podría
actuar así, habían tantas situaciones de por medio, amigos, trabajo, estudios,
y hasta familia. Mis padres siempre preguntaban por Lisa y ella se los había
ganado. Realmente tenía un problema, Isabela
no quería nada de compromisos, quería seguir con él y jugar conmigo.
-¿Lo quieres?- le pregunté sin tapujos.
-No te voy a decir- me dijo, apartándose de mi lado
-Pero es un viejo
-¿Qué?- se sorprendió y me miró enojada.
-Tendrá treinta y tantos- le increpé irritado
-¿Cómo sabes?, me has estado espiando.
-Eso no importa, ahora
- Tú no entiendes, él me ayuda, ¿comprendes?a mí, a mi familia
-¡Ahh!¿Es por dinero?
-¡Nooo!
-Es mi jefe, trabajo para él- empezó a desesperarse.
-¡Entiendo!, le debes, por eso estás con él
-¡Tú... eres un idiota, no me comprendes!- gritó, me empujó y
salió corriendo.
Me quedé parado viendo cómo se iba, hasta que desapareció,
no hice nada, estaba tan desconsolado que me senté en un banco, escuchando como
las aves se acurrucaban en sus nidos, el día moría, la noche nacía y mi amor por Isabela perecía.
