Esos días, me ausenté de la
universidad, sólo para buscarla. En las
tardes el balcón de mi casa se convirtió en el lugar de mis desazones y de una
pena que dolía, allí permanecí sentado, esperando que pase caminando, rumbo al
paradero, pero nada, no aparecía, su
ausencia me agobió tanto que cada ocaso del atardecer, me mataba.
Opté por pernoctar en los paraderos de noche, no me importaba el
peligro, ni la hora. Recuerdo que una noche, a la una de la mañana llegó el último bus. Ella no estaba, entonces desesperanzado, regresé a mi casa, allí todo
era vacío, desde que mi madre nos
abandonó. No sé si se fue con otro hombre, pero sabía que no era feliz y un día salió y nunca más regresó. Mi padre desde ese día enmudeció, no se
dedicó a beber, ni a buscar otra mujer, sólo permaneció en la casa, como
esperándola, vivía tan absorto en sus pensamientos, que apenas hablaba. Desde
que tuve 8 años aprendí a sentir la soledad y ver a mi progenitor como un alma
en pena, no tenía con quien conversar, no
tenía amigos en el barrio y temí que esa desesperanza lo obligara a anhelar la muerte.
-¡Dios!, ¿por qué no puedo dejar
de buscarte Isabela?- pensé.
El último día, mientras esperaba en el paradero, observé decenas de personas que bajaban, pero ni rastros de ella. No sabía qué hacer y se me ocurrió buscarla en la calle, donde ella vivía, aunque no sabía cuál era su casa.
El último día, mientras esperaba en el paradero, observé decenas de personas que bajaban, pero ni rastros de ella. No sabía qué hacer y se me ocurrió buscarla en la calle, donde ella vivía, aunque no sabía cuál era su casa.
A las 9 de la noche llegué
hasta el lugar donde siempre bajaba, sabía que una de las tres casas era la suya. La primera, estaba cercada por una
enredadera y una reja, que era el único acceso. Traté de abrirla y un
perro enorme se abalanzó ladrando, obligándome a huir.
En la segunda casa vivía una
viejita atolondrada que empezó a gritar
-¿Qué quiere?- me dijo.
-Isabela, ¿vive aquí?- le dije
casi gritando
- ¿Qué? Por favor –me dijo- ¡No
quiero velas!
-¡No, no me entendió!- le
contesté ofuscado.
-¡Por favor, váyase antes que
llame a la policía!- me amenazó y gritó- ¡Policía, Policía!
No pude visitar la otra casa
porque salí huyendo despavorido.
Esa noche mi padre, me sorprendió al llegar tarde a casa, se interesó por mí, quizás habrá sentido mi
tormento, pues no quería nada, ni comer, ni ver televisión, lo detestaba todo, hasta mi vida me aburría.
-Te observó muy abrumado -me
dijo- ¿qué pasa en la universidad?
- ¡Nada!- respondí, con
evasivas- no hay clases, tú sabes, las huelgas.
-Te veo mucho tiempo en el balcón
y sales de noche y regresas tarde- me miró fijamente.
-Sólo me distraigo -Levanté los
hombros, lo miré y bajé la cabeza.
-¿Es una mujer?
-Quisiera, pero no me hace caso.
- Hijo- se acercó a mí y me abrazó, yo sentí derrumbarme, como cuando era niño y buscaba consolación - Sólo quiero que
entiendas algo que yo apliqué a mi vida.
Lo miré fijamente y mis ojos se humedecieron.
Lo miré fijamente y mis ojos se humedecieron.
-No estoy en contra del amor- me
dijo y por primera vez, lo vi quebrarse frente a mí y soltar unas
lágrimas – entiende una sola cosa:
“Lo que es para ti, no necesitas salir a buscarlo” grábalo en tu mente y te ayudará- me dio una palmada en la espalda y se fue.
“Lo que es para ti, no necesitas salir a buscarlo” grábalo en tu mente y te ayudará- me dio una palmada en la espalda y se fue.
Quizás por eso, mi padre nunca salió a
buscarla, la dejó ir. Escuchamos que ella viajó a Estados unidos y que vivía
bien, quizás sola o con alguien, nunca nos enteramos. Sin embargo, las palabras de mi padre calaron tanto,
que entendí que si ella realmente me amaba, algún día regresaría.
Los días fueron pasando y mis heridas sanando, aunque debo confesar que por momentos olía su aroma y la recordaba, pero decidí evitar pensar más, porque me enfermaba.
Los días fueron pasando y mis heridas sanando, aunque debo confesar que por momentos olía su aroma y la recordaba, pero decidí evitar pensar más, porque me enfermaba.
El invierno había pasado y la primavera se abría paso con mucha esperanza y yo regresé a la universidad. Había cambiado por completo mi rutina, me levantaba temprano,
corría por el parque, preparaba el desayuno y salía con rumbo a la
universidad.
Recuerdo el primer día, cuando llegué, todo lucía
silencioso y vacío, caminé despacio y vi la puerta entreabierta de la sala de
fotografía, supuse que había gente y la abrí suavemente. Sorprendidos
voltearon el profesor de foto y Lisa, al
verlos juntos sentí que esa escena ya la había visto con Oscar y de cómo de igual forma, se separaron
rápidamente. Ahora era el profesor, quien se hizo a un lado y Lisa sin mirarme
lo llamó.
-¡Saúl, no entendí! – se dirigió al
profesor con mucha confianza- ¿Cuánto tiempo debe estar la foto en la bandeja?
-¡Ya te dije Lisa!- le contestó
un poco abrumado.
Entré saludé y me senté a recortar
fotos, todo era silencio, hasta que llegaron los demás y empezó la bulla. Lisa
se pasó toda la clase inquieta, haciendo bromas, coqueteando al profesor,
llamando la atención de todos hasta que llegó la hora de salida. Me entretuve
con un material fotográfico y demoré. Al salir, bajé las escaleras y caminé por
un pasadizo que conducía a la salida,
cuando llegué a la puerta, apareció Lisa.
-¡Es momento de hablar!-me dijo,
mientras me miraba fijamente con sus grandes ojos.
Yo la miré y asentí con la
cabeza, sabía que la decisión estaba en mí y ahora sí sabía qué hacer.
(Continuará…)






