- ¿Qué haces aquí,
tan tarde?- frunció el entrecejo
-Bueno, esperando
a mi tía- le contesté y créanme, que fue lo primero que se me ocurrió.
-¡Mmm, Ya veo!-
me dijo, bajando la cabeza y pateando las hojas del camino- bien me voy rápido,
porque me esperan.
- ¿Qué?- pensé –
después de tanto esfuerzo por encontrarla y al final tan cerca a ella y se iba de mi como un suspiro fugaz. Se
acercó para darme un beso de despedida y sentí la suavidad de su rostro, deslizarse sobre mi mejilla y quise que el tiempo se detenga por siempre.
-¡Espera!- le
dije, pensé en miles de excusas, para que se quedara, pero entendí que tenía
que ser sincero, si quería su atención. No podía dejarla ir, tenía que saber de
ella, ¿dónde estudiaba?, ¿qué hacía?, ¿trabajaba?, o lo más importante, ¿tenía
novio? Al tomarla suavemente de la mano, la sentí cálida y suave pero poco a poco
se soltó lentamente de mí. Me miró, caminó unos cuantos pasos y la seguí. Después
de unos minutos de caminata en silencio, me dijo un poco sorprendida.
-¿Y tu tía?, ¿no
la vas a esperar?
¡Si! –Le dije sonriendo y la miré de frente- sabes que no hay ninguna tía y para ser sincero te he esperado a ti, creo que toda mi vida.
Esas palabras cambiaron
la expresión de su rostro y me miró
tiernamente.
-¿Qué cosas, no?-
sonrió pícaramente y se detuvo a contemplarme, esperando más expresiones que
salen del corazón. Sus ojos acaramelados me observaron atentamente, esbozando
una leve sonrisa, aunque de pronto reaccionó.
- ¿Sabes qué? es
tarde y mi mamá me espera- miró su reloj.
-Quiero verte,
pero no así, necesito tener más tiempo para conocerte – le dije casi
suplicando.
- Esta bien – me
respondió sonriendo – ¿y me podré ir?
-Sí -le contesté
-Trabajo en un
buffet de abogados como secretaria en la av. wilson, al costado de la torre de
lima y salgo a las 6 de la tarde. ¿Algo
más, señor periodista?
-Si- le dije- me
falta saber lo más importante, tu nombre.
-¡Isabela! –
musitó dulcemente, mientras sus palabras resonaban en mi mente. Me parece que
toda fémina sabe cuándo un hombre está encandilado por ella e Isabela, no era
la excepción.
-¿Acaso no me reconoces?- me miró extrañada- Quizás cambié un poquito, pero no tanto.
¡Espera!- le
dije- ¿Tú me conoces?
Se dio media
vuelta.
-Hablamos otro
día, tengo que irme, sabes que mi mamá me espera- caminó apresurada.
Corrí tras ella
y me interpuse en su camino.
-Ahora yo estoy
intrigado- le dije mientras la detenía- Dame una pista, ¿en qué lugar nos
conocímos?
-Jaja- sonrió
coquetamente, para después cambiar su
expresión a la seriedad
Tenía 12 años
cuando te vi por primera vez, visitaba la casa de unas amigas frente a la tuya y
tu apareciste, todo gallardo, saludando a todos, cargabas unos cuadernos, no me
hiciste caso, sólo tenías ojos para...
-¿Eras tú la
niñita de trenzas? – le dije sonriendo- pero eras tan flaquita, que parecía que te quebrarías.
- Jajaja, ¿y ahora cómo me ves? – me dijo, mostrando su
esbelta figura. Sabes que fui creciendo y nunca dejé de verte hasta que por fin
fijaste tus ojos en mi, pero creo que ahora es demasiado tarde.
- ¿Porqué ?- le dije, mientras le cogí la mano. Ambos nos estremecimos, como si una descarga eléctrica nos sacudiera y ella se soltó rápidamente.
-No debes tocarme- me dijo muy seria, aunque sus cejas fruncidas la hacían más bonita- no lo hagas porfavor.
La miré de pies a cabeza y supe que jamás podría dejarla, porque entendí que entre un millón de posibilidades era imposible tan sólo tropezarnos en un bus. Y esta oportunidad que me daba el destino no podía negarlo. Por primera vez en mi vida sabía lo que quería. Esa noche no dejó que la siguiera y se despidió, dejándome con la misma insatisfacción que al principio, pero sentí que me había dado una oportunidad al confesarme que nunca había dejado de verme. Ahora yo lo sentía y lucharía contra todo por conocerla y conquistarla.
- ¿Porqué ?- le dije, mientras le cogí la mano. Ambos nos estremecimos, como si una descarga eléctrica nos sacudiera y ella se soltó rápidamente.
-No debes tocarme- me dijo muy seria, aunque sus cejas fruncidas la hacían más bonita- no lo hagas porfavor.
La miré de pies a cabeza y supe que jamás podría dejarla, porque entendí que entre un millón de posibilidades era imposible tan sólo tropezarnos en un bus. Y esta oportunidad que me daba el destino no podía negarlo. Por primera vez en mi vida sabía lo que quería. Esa noche no dejó que la siguiera y se despidió, dejándome con la misma insatisfacción que al principio, pero sentí que me había dado una oportunidad al confesarme que nunca había dejado de verme. Ahora yo lo sentía y lucharía contra todo por conocerla y conquistarla.

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